Este verano ha tomado protagonismo la expresión “sumisión química”, asociada a los “pinchazos” sufridos en entornos festivos. Una nueva forma de agresión que se difundía como un riesgo más para las mujeres.

Pero pongamos en contexto el concepto de la sumisión química, que se define como la manipulación de la voluntad por el uso de fármacos, drogas o cualquier otra sustancia natural o química. En estas circunstancias se alterará el comportamiento de la víctima, sin capacidad para prestar su consentimiento válido, para huir o defenderse. Quienes abusan de esta situación lo pueden hacer de forma oportunista, es decir, aprovechando que la víctima ha consumido de forma voluntaria alcohol u otras sustancias, o bien de forma proactiva, suministrando la sustancia de forma encubierta.

Considerando una práctica habitual en las actividades de ocio el consumo de alcohol y otras drogas, es fácil encontrar esa vulnerabilidad en dichos entornos, sin necesidad de otras “estrategias” más complejas. En referencia al método proactivo, como recoge la literatura, y el sentido común, si el objetivo es disminuir la conciencia y engañar a la víctima, lo ideal es que se administre la sustancia de forma inadvertida y no dándole un aviso como sería el “pinchazo”. Los estudios reflejan que se eligen principalmente sustancias incoloras, indoloras e insípidas y preferiblemente solubles. Y el producto presente en la mayoría de los casos es el alcohol, otras sustancias que aparecen son benzodiacepinas, “éxtasis líquido”, etc, la mayoría administradas con la bebida o inhaladas.

En base a esta información no parece lógico que de pronto surjan estrategias tan complejas como adquirir un fármaco de administración por vía parenteral, tener conocimientos y material para disponerlo en una jeringa, que debe ser correctamente transportada, y que en una punción “exprés” se inyecte una cantidad de líquido… Parece más bien que estas agresiones buscan hacer daño, e inocular el miedo de una forma mucho más simple, pero con gran violencia a pesar de no administrar ninguna droga. Llama la atención que la principal preocupación social se tranquilizaba al informar de que no había tóxicos en las analíticas, dando ahí carpetazo al problema.

Pero se olvida, como siempre, la perspectiva de la víctima, en este caso una joven que ha salido a divertirse, que probablemente ha consumido alcohol y que ha notado, de pronto un dolor punzante. A partir de ese momento se acabó su fiesta, y quizá la de sus acompañantes, atendiendo a las recomendaciones de las autoridades, acude a urgencias, donde será atendida, preguntada por lo que ha consumido y se recogen pruebas analíticas de sangre y orina en busca de restos de drogas y además, como ha sufrido una punción de fuente desconocida, se aplica el protocolo de accidente biológico, si procede, con todas sus derivadas.

Disfrazado por la expresión de sumisión química, se ha encubierto un procedimiento delictivo de agresión a mujeres en entornos festivos, que es el propio “pinchazo” y sus consecuencias. Sería de interés reflexionar sobre estos sucesos y revisar las recomendaciones que se difunden.

La sumisión química no es un delito novedoso, y es más frecuente de lo que pensamos. En nuestro contexto sanitario es conocido el protocolo en las urgencias de ginecología ante una agresión sexual con sospecha de intoxicación. Para el resto de profesionales, hasta ahora, es una cuestión de escaso manejo.

Desde nuestro medio sería una exigencia de calidad asistencial la revisión y el conocimiento de los protocolos por el personal sanitario, para su aplicación adecuada, manteniendo garantías legales y evitando al máximo la revictimización.

1. Torres Alonso, María. Sumisión química: manejo en el triaje de Urgencias. Universidad Pública de Navarra. Trabajo fin de Grado- Enfermería. 2019

 

Artículo Equipo Género y Salud