A raíz del testimonio de Rocío Carrasco en los medios de comunicación y de volver a poner la violencia machista en el debate público resulta importante reflexionar respecto al papel y responsabilidad que jugamos cada profesional en la atención que les brindamos a las mujeres que sufren violencia.

Históricamente la voz y el discurso de las mujeres ha sido devaluado y silenciado. La credibilidad no es un juicio acerca del mensaje o el contenido, sino una atribución que se hace de la persona emisora. Nuestras quejas se han achacado a la histeria, a la labilidad emocional, a la menstruación,… o a un sinfín de otras opciones a cual más disparatada.

Sin embargo, la pervivencia de esos estereotipos ha hecho que el relato de las mujeres víctimas de violencia esté sujeto a un permanente cuestionamiento y que consideremos como dudoso un testimonio por el simple hecho de reproducir sus elementos típicos (incoherencias y/o imprecisiones en el relato, saltos temporales, dificultad para organizar sus pensamientos, relato mal hilvanado, frialdad o desapego emocional a la hora de describir las agresiones, mayor acento en “nimiedades” frente a las que la/el profesional considera importantes,…) o todo lo contrario: lo cuestionamos por estar perfectamente argumentado y construido porque ya se sabe que las víctimas de violencia no hablan así. Lo miremos por donde lo miremos, el resultado siempre es cuestionador para la víctima y no para el agresor. Ellos pasan desapercibidos, el foco juzgador se pone en ellas.

Como profesionales dentro del ámbito de la salud, remarcamos cuatro principios fundamentales que deben sustentar nuestra intervención:

  • Nuestra defensa de los Derechos Humanos y de la Justicia Social debe partir de que los Derechos de las Mujeres son Derechos Humanos.
    • La incorporación de la perspectiva de género a nuestro quehacer cotidiano, independientemente del ámbito en el que trabajemos, es un deber inexcusable.
    • Finalmente, recordar que ninguna atención es neutral, parte del modo en cómo nos situamos en el mundo mujeres y hombres, del grado de sexismo de nuestras creencias, de los estereotipos de género que tengamos interiorizados,… por eso es tan importante, antes de cualquier intervención con personas en situaciones vulnerables (especialmente mujeres supervivientes de violencia), analizar nuestros propios privilegios, nuestra propia socialización diferencial por cuestión de género y evitar reproducir el machismo y la misoginia en nuestras actuaciones.
  • Ausencia de juicios de valor sobre la persona, así como sobre sus recursos, motivaciones y necesidades. Y quiero resaltar especialmente este último: ausencia de juicios de valor sobre la persona. Desde una mirada social, jamás podemos cuestionar el testimonio de una superviviente de violencia. Como profesionales (y no sólo del Trabajo Social, aquí se pueden incluir otras profesiones que tratan con víctimas: Psicología, Derecho, Medicina,…), nuestro papel es escuchar activamente su discurso, sin juzgar. La primera máxima ante una mujer que relata violencia machista es creerla, no poner en su boca interpretaciones nuestras, no considerarla incoherente, indecisa,…

En Trabajo Social no somos jueces o juezas, somos profesionales de la escucha, del apoyo social, del acompañamiento, de la información, de la garantía de derechos,… Escucharemos relatos con contradicciones, ambiguos, incoherentes,… (habituales, por otra parte, en muchas víctimas) pero nuestra labor es acompañar, ayudar a hilvanar con coherencia esos retazos y proporcionar los apoyos que requieran las mujeres.

Las mujeres están pidiendo solamente ser escuchadas, ser entendidas y ser creídas. Cuando llegan a ese punto de partida, están en esa necesidad de contar para cerrar y seguir viviendo. Vivir, algo tan simple y tan difícil para las supervivientes de las violencias machistas.

Equipo Género y Salud de la OSI EEC