Artículo Equipo Género y Salud

Soy trabajadora y usuaria de Osakidetza. Deseo compartir una reflexión que lleva tiempo rondando mi pensamiento. Concretamente en ese lugar donde ha confluido mi formación, labor asistencial y los momentos más importantes de mi vida, el área de Partos.

He acudido a este lugar en 3 momentos muy diferentes. La primera vez, fue como estudiante de enfermería, donde recibí una llamada en la planta donde hacía las prácticas y me ofrecieron correr hacia el paritorio 2, donde inminentemente ocurriría un parto, podía ir a verlo. Resultó menos impactante y más aséptico de lo que fueron todos los que presencié posteriormente.

La segunda vez, y por mucho tiempo, acudí en cada turno al sótano de nuestro hospital, donde mujeres y sus familias me permitirían formarme y posteriormente trabajar en equipo con ellas. Tenía su permiso y con tiempo, su confianza, para acompañarla en su parto y asistir al nacimiento de su criatura. Este momento vital es crucial, supone un punto de inflexión, cerrando la etapa de la gestación y dando la bienvenida a la crianza. Formé parte del suceso, de forma tangencial, es verdad, pero siempre sentí gratitud y un profundo respeto por la mujer, la criatura, su familia y el proceso de parto.

La tercera ocasión, está incluida en la anterior, pero esta vez, llegaba como usuaria. He recibido a mis dos criaturas en este mismo lugar, concretamente en las dilataciones 12 y 13. Me encantaría decir: jamás lo olvidaré, pero sí, he olvidado momentos concretos, he olvidado el dolor, he olvidado la angustia y el miedo. Y mi mente ha podido adecuar el recuerdo de una forma amable y bonita gracias a haber sido tratada con respeto, cariño, y profesionalidad. Y sé que no tuve un trato preferente, porque las he visto trabajar muchos años.

Entendido el contexto, por favor, acompañadme en la reflexión.

El nacimiento de una hija o hijo, es un hecho trascendental en la vida de cualquier mujer y de su familia. Genera un impacto que deja huella. Y el resultado del proceso repercutirá en la salud física, mental y sexual de la mujer concretamente, y por extensión de su pareja. La Organización Mundial de la Salud en su publicación: recomendaciones para los cuidados durante el parto, para una experiencia positiva, destaca la atención respetuosa a la maternidad, mantenga la dignidad, confidencialidad y privacidad. En la misma línea, la guía de atención al parto normal del ministerio de sanidad, recomienda un ambiente de intimidad, “puertas cerradas, solo el personal necesario, silencio, tranquilidad, considerar la habitación como un espacio personal y privado”. El derecho a la protección de la intimidad es un valor máximo en la asistencia sanitaria en general y creo que en la dilatación y el parto de las mujeres toma una importancia suprema, ya que abarca, emoción, cuerpo, genitales y vulnerabilidad.

Asistir a un parto, aquella primera vez que os relataba, no condicionó mi posterior especialización como matrona. Mencionaba la palabra aséptico, porque es lo que sentí. Acudía a ver un proceso natural, sí, pero desnaturalizado de la atención, el acompañamiento y sin tener en cuenta las personas implicadas. Aquella mujer y yo carecíamos de relación asistencial y para ella yo sería una intrusa que perturbó su intimidad. Me pregunto qué impacto pudo tener en aquella mujer la decisión de aceptar a estudiantes, del ámbito que sea, en el momento más vulnerable e importante de su vida. Sé el impacto que tuvo en mí, y paradójicamente no me acercó a la matronería. Pero también considero que no aportó ninguna herramienta ni conocimiento a mi prácticum.

Mi conclusión final, cada cual haga la suya, es que estoy inmensamente agradecida de haberme formado como matrona en aquel espacio, con las herramientas, tecnología, recursos humanos y multiprofesionalidad. De no haber sido hospital universitario, no habría accedido a lo que soy ahora. Pero considero que hay que revisar el paso sistemático de profesionales en formación por esta área. Valorando el impacto tanto en usuarias como en profesionales observadores.

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