Marzo siempre deja huella. No es solo el 8M, el día en que tomamos las calles, marchamos juntas y hacemos temblar el mundo con nuestras voces. Es un mes que nos recuerda por qué seguimos luchando, por qué nuestra fuerza colectiva es imparable y por qué la lucha feminista no se agota en una sola fecha.
Después del 8M, muchas personas intentan volver a la normalidad, como si todo lo que gritamos ese día pudiera archivarse hasta el próximo año. Pero nosotras sabemos que el feminismo no es un evento, es un movimiento. En marzo, las calles, los espacios de trabajo, las universidades y las casas siguen resonando con las conversaciones que abrimos. Seguimos preguntándonos por qué la violencia machista sigue cobrándose vidas, por qué nos pagan menos por el mismo trabajo, por qué nos siguen interrumpiendo en las reuniones, por qué la maternidad sigue siendo una trampa para tantas mujeres, por qué nos siguen diciendo cómo vestir, cómo hablar, cómo existir.
Este mes nos impulsa a sostener esas preguntas y a convertirlas en acción. Nos recuerda que no estamos solas, que cada vez somos más, que la rabia compartida puede convertirse en cambio. Que la lucha no se trata solo de nosotras, sino también de las que vendrán después, de las que aún no tienen voz, de las que han sido silenciadas. Marzo nos enseña que cada pequeña victoria importa, que cada derecho conquistado es el resultado de años de resistencia, y que no podemos permitirnos retroceder.
Pero hay algo más que marzo nos recuerda con fuerza: la sororidad, ese vínculo que nos une más allá de nuestras diferencias. Aunque nuestras realidades no sean idénticas, todas enfrentamos un sistema que nos ha querido divididas, compitiendo entre nosotras o dudando unas de otras. La sororidad es la certeza de que juntas somos más fuertes, que cuando una mujer alza la voz, muchas otras la sostienen. Está en la amiga que te acompaña a casa de noche, en la desconocida que te ayuda en la calle cuando te sientes en peligro, en la compañera de trabajo que te respalda en una reunión, en cada mujer que elige apoyar en lugar de juzgar.
La sororidad no significa que siempre estemos de acuerdo, pero sí que nos reconocemos como aliadas, que entendemos que la lucha es colectiva y que el feminismo no avanza si avanzamos solas. Es el motor que nos impulsa a seguir organizándonos, a tender la mano a quienes más lo necesitan y a resistir juntas en un mundo que aún nos pone trabas.
Por eso, cuando el calendario avanza y las noticias dejan de hablar de nosotras, seguimos aquí: organizando, cuidándonos, creando redes, construyendo un mundo donde ser mujer no implique miedo ni desigualdad. Porque marzo no se queda en marzo. Es el impulso que nos recuerda que la lucha sigue todos los días, en cada conversación incómoda, en cada denuncia, en cada espacio que reclamamos como nuestro.
Gracias a todas las que fueron, las que son y las que serán. Por abrir camino, por sostenerlo y por seguir soñando con un futuro más justo.
Artículo Equipo Género y Salud.



