Llevando la mirada al pasado reciente y al no tan cercano, una no puede evitar pensar en las lecciones que la vida nos va transmitiendo, los legados que nuestras antepasadas nos han ido dejando pero que no somos capaces de nombrar ni mucho menos reconocer y valorar.

Estos dos últimos años han supuesto una fractura total en el estilo de vida, las prioridades personales y sociales que todas las personas teníamos establecidas. Hemos vivido y seguimos marcando de algún modo, una distancia interpersonal donde el contacto físico se ha reducido exponencialmente, cobrando por contraposición las PALABRAS un poder que no hemos sido capaces de identificar hasta el momento e incluso es posible que todavía no seamos conscientes del poder real que poseen.

La relación con otras personas ha sufrido diferentes transformaciones en los últimos tiempos: del contacto físico a través de abrazos, caricias, besos, unido al contacto visual y verbal tanto de forma presencial como a través de las redes sociales, hemos pasado a un impedimento de lo presencial y del contacto para centrarse exclusivamente en una relación primordialmente verbal por medio de las nuevas tecnologías (llamadas, video llamadas…) para comenzar tímidamente en los últimos meses, con el contacto pero que se encuentra cargado de miedo e incertidumbre.

Algo que usamos diariamente para comunicarnos, en muchas ocasiones se ha sustituido por emoticonos o abreviaturas para tardar menos en decir lo que quiero expresar, resulta que puede llegar a generar emociones y conductas capaces de alterar e incluso cambiar por completo nuestras vidas.

Las palabras son guía de nuestros pensamientos que nos llegan a sumergir en la esperanza o en la desesperación.

Una de esas palabras que expresa todo lo planteado anteriormente, es la RESILIENCIA, ese proceso de toma de conciencia real sobre nuestras necesidades, capacidades y limitaciones para afrontar un problema y tomar las mejores decisiones posibles sobre el mismo.

Este proceso, que las mujeres llevamos tiempo realizando a través de CONCIENCIARNOS de nuestra situación, VER Y EXPONER nuestras necesidades, MOSTRAR Y REIVINDICAR nuestras capacidades y RECONOCER nuestras limitaciones… ha sido y está siendo trasmitido a través de la palabra.

Ser resilientes no nos ha librado a las mujeres de la angustia de la amenaza, ni del dolor de otras malas experiencias, ni a minimizar el impacto de las emociones que nos embargan en estas situaciones difíciles, pero SI ha potenciado nuestra creatividad ante los cambios y situaciones adversas.

La resiliencia funciona en el campo de las actitudes, esfuerzos y sacrificios y promueve la esperanza, el optimismo y el RENACIMIENTO.

Se ha tratado de plasmar a lo largo de este artículo el poder que poseen las palabras, esos términos que utilizamos para expresarnos y con los que se ha intentado en estas líneas trasladar algo que es una actitud subjetiva, patrimonio de la humanidad ya que toda persona posee la capacidad para superarse, pero también es cierto que no todas lo desarrollamos de la misma manera.

Lo importante es que en este viaje que se llama vida, en el que nos encontramos inmersas, tomemos consciencia que cuando nos parece que ya no podemos cambiar una situación, el desafío de cambiarnos a nosotras mismas va y nos cambia la vida para mejor.

Artículo Equipo Género y Salud