En 1963 Betty Friedan publica “La mística de la feminidad” donde describe la situación de las mujeres en Estados Unidos en los años 50 y 60, analizando el sistema económico tras los derechos conseguidos como el voto y la educación, y el acceso al trabajo remunerado de las mujeres que fue potenciado desde el gobierno en la Segunda Guerra Mundial cuando era necesario porque los hombres combatían en el frente, sufre un retroceso tras finalizar la guerra. Las mujeres regresan al hogar, a un papel de ama de casa garante de los cuidados y prosperidad de la familia. Sin independencia económica y con una limitación intelectual que genera soledad, depresión y otros síntomas reconocidos como «típicamente femeninos». Lo define como “El Malestar que no tiene nombre” Ella misma, psicóloga, reconvertida en “ama de casa” advierte en su texto: “Tener esposo e hijos no es todo a lo que las mujeres deben aspirar, ya que necesitan desarrollarse individualmente”

Así, tomando en cuenta el género como determinante de las inequidades de salud, tal como señala la OMS y diversas instituciones hasta llegar a nuestro ámbito, presente en el Marco Estratégico de Salud 2021-2024 y en el  I Plan de Igualdad de Osakidetza, debemos tener conciencia de esta variable fundamental en la peor calidad de la salud de las mujeres.  Conocer y reconocer las desigualdades es un punto clave para la práctica clínica.

Se debe comenzar por poner sobre la mesa las diferencias que la normativa de género  condiciona en la socialización a cada persona desde el nacimiento, su sexo biológico despierta en el entorno unos valores educativos, creencias y expectativas determinadas. Igual que con los colores o los juguetes, los mensajes sobre su comportamiento o el ámbito afectivo sexual. Como dice Luisa Antolín, con la metáfora del teatro, hombres y mujeres al nacer tienen asignado un papel según su sexo. Se  les indica como tienen que comportarse, vestir, soñar, trabajar, relacionarse con el resto… así que se transforman en actores y actrices y según representen mejor o peor ese papel asignado en el teatro del mundo, el público -la sociedad – les aplaudirá o censurará. La crítica juzgará cuanto se acerca o aleja cada cual de los estereotipos. Si la niña es fuerte, valiente o activa será castigada, igual que si el niño es sensible y prudente.

Asi  se aprende un comportamiento en base a dichos mandatos, que se interiorizan en muchas ocasiones sin cuestionarlos, y se reproducen sin cesar. Se podría realizar un buen ejercicio pensando en la vida de nuestras abuelas, lo que ha cambiado… y lo que no. Ellas eran cuidadoras, y en el siglo XXI ese papel se perpetúa.

Ante esta normativa existe el constante conflicto en las mujeres entre lo “que hacen” y lo “que debieran hacer”.  Entre otros, los mitos de “buena madre”, “buena profesional” y, por supuesto “ser atractiva”, generan una exigencia que tensiona a la confusión y frustración produciendo malestar.

De esta manera se explica ese porcentaje de 30-60% de consultas en Atención Primaria de casos MUS (Medically Unexplained Symptoms), ansiedad y depresión, dolor crónico, patología funcional… En todas estas categorías la mayoría de pacientes son mujeres, consultan más y quizá una razón sea que en general son las figuras cuidadoras de referencia en su entorno, pero… ¿quién les cuida a ellas? Acuden al sistema sanitario. Y es frecuente que éste responda inseguro e incómodo, pues la ciencia médica define muy bien la atención a la diabetes o a una apendicitis, pero cuando realiza pruebas sin diagnóstico y persiste el malestar, medicaliza, y lo hace más con las mujeres (ansiolíticos, antidepresivos y analgésicos) a iguales diagnósticos.

Por tanto urge sensibilizar y formar a profesionales para comprender que, al igual que otros determinantes, como la clase social, el género también impacta en salud: en cómo se enferma y en cómo se afronta desde la profesión sanitaria. Dos claves en perspectiva de género: investigación y modelo biopsicosocial.

Equipo Género y Salud