La dermatitis atópica es una enfermedad crónica de la piel que provoca enrojecimiento, sequedad, picor intenso (prurito) y piel muy seca (xerosis). No es contagiosa, por lo que no se puede transmitir de una persona a otra.

Suele comenzar en la infancia, aunque también puede aparecer en adultos. Las lesiones tienden a manifestarse en la cara, el cuello, los codos, las rodillas o las manos, dependiendo de la edad.

Según su gravedad, puede clasificarse en tres grados: leve, cuando los brotes son esporádicos y fáciles de controlar; moderada, cuando los síntomas aparecen con mayor frecuencia y resultan más molestos; y grave, cuando los brotes son continuos y afectan significativamente la calidad de vida.

El diagnóstico se basa principalmente en la historia clínica, que incluye cómo, cuándo y dónde aparecen los síntomas, así como en la exploración física de la piel. No existe una prueba única que confirme el diagnóstico, aunque en algunos casos, si hay dudas, se puede realizar una biopsia de piel, es decir, tomar una pequeña muestra para analizarla y descartar otras enfermedades.

 
Enrojecimiento (eritema) en ambas flexuras antecubitales
Psoriasis en zona lumbar 
Placas enrojecidas (eritematosas) con costras y erosiones por rascado. La piel adquiere además un aspecto engrosado por el rascado crónico.

La dermatitis atópica tiene un curso variable: en algunos momentos la piel empeora (brotes), apareciendo enrojecimiento, descamación, grietas e incluso pequeñas heridas con secreción; mientras que en otros la piel mejora notablemente e incluso puede llegar a verse normal (remisión). Estos periodos de mejoría son más frecuentes cuando se sigue un tratamiento adecuado y se mantienen los cuidados diarios de la piel.

Los brotes pueden desencadenarse por diversos factores, como el clima seco, el uso de ciertos tejidos al vestirse, la aplicación de jabones agresivos en la higiene diaria o el estrés. Sin embargo, con hábitos adecuados y el tratamiento indicado, es posible controlar la enfermedad y mejorar la calidad de vida.

¿Por qué tengo dermatitis atópica?

La dermatitis atópica no tiene una única causa, sino que surge por la combinación de varios factores:

Es frecuente que aparezca en familias donde hay antecedentes del espectro atópico (alergias, asma o eccema). Esto significa que, en parte, la enfermedad puede heredarse.

Una de las razones es la alteración de un gen llamado filagrina, encargado de mantener la piel fuerte y protegida. Cuando este gen no funciona correctamente, la barrera cutánea se debilita, la piel se reseca y se vuelve más sensible a los irritantes del entorno.

En las personas con dermatitis atópica, la barrera natural de la piel no funciona correctamente y presenta microfisuras. Esta alteración hace que la piel pierda más agua de lo normal (pérdida transepidérmica de agua), lo que provoca sequedad intensa y sensación de tirantez.

Además, la piel deja pasar con mayor facilidad sustancias del entorno, como irritantes, alérgenos o microorganismos. Estos agentes, que en una piel sana no generarían problemas, penetran en la piel atópica y activan el sistema inmunológico.

Esta activación desencadena una respuesta inflamatoria que se manifiesta como picor, enrojecimiento , hinchazón y, en algunos casos, infecciones. Este proceso es el que origina los brotes característicos de la enfermedad.

En la piel de las personas con dermatitis atópica, el sistema inmunológico está más activo de lo normal, lo que provoca reacciones exageradas incluso ante estímulos leves.

Además, suele existir un desequilibrio en las bacterias naturales de la piel. En muchos casos, se produce un crecimiento excesivo de Staphylococcus aureus, una bacteria que puede irritar la piel y agravar los brotes.

Todo esto favorece el llamado círculo del rascado: la piel seca y debilitada provoca picor; el rascado la lesiona aún más, lo que incrementa la inflamación y el riesgo de infecciones; y esto, a su vez, aumenta el picor. Si no se interrumpe con cuidados adecuados, este círculo tiende a perpetuar o reactivar la enfermedad.