Artículo equipo Género y Salud. Este verano de fuego y ceniza, medio país ha estado entre llamas por un lado por el cambio climático y, no nos olvidemos por parte de hombres, que la inmensa mayoría fueron provocados creando la destrucción y la muerte de muchas personas.
En total hasta ahora hay 14 personas fallecidas por el fuego y miles de hectáreas arrasadas. Una barbaridad. En relación con las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas hay 37 mujeres asesinadas en lo que va de año, una de ellas no aparece en las estadísticas al ser una mujer trans. Es peor que cualquier incendio o ataque terrorista.
Según el diccionario de la Real Academia el verbo querer significa en su primera acepción “desear o apetecer”, en la segunda acepción “amar” y en la tercera acepción “tener voluntad o determinación de ejecutar algo” y si la aplicamos a nuestros sentimientos hacia otro ser humano, estamos expresando nuestra intención de poseer a ese alguien, sin importarnos demasiado ni sus deseos ni su libertad de elección.
La complejidad del deseo de una persona que va unido a determinar si debes consentir ciertas cosas, qué es lo que deseas y por qué, de eso no se habla. De manera que a nivel social el mensaje que se transmite sigue siendo “que de eso no se habla”. Una mujer no se siente legitimada para denunciar o hablar porque ha aprendido que de relaciones y sexo se habla de una determinada manera dando prioridad al deseo de otra persona en muchas ocasiones. Demasiadas.
Hasta que salta en pedazos con la violencia machista, el terrorismo social contra las mujeres, la lacra de nuestra sociedad. ¿Qué ocurre con los hombres? ¿Por qué la atención está puesta sobre las mujeres mientras existen tantos hombres que consideran que las mujeres “son de su propiedad”?
Laura Cruz tenía 50 años cuando fue asesinada por su expareja, acribillada a balazos y rematada hasta el suspiro final con una pistola robada a un compañero. En su funeral una amiga contaba “la mató porque era feliz”, publicado en El País el día 9 de agosto de 2026. Tenían tres hijos en común, ahora tres huérfanos de 18 y unas gemelas de 14 años. Entrenaba a un equipo de baloncesto y tenía familia y amigos.
Paula Solanas de Miguel tenía 27 años cuando fue asesinada por su expareja, que le asestó más de veinte puñaladas. Era una joven inteligente, sensible y con una fragilidad que la llevó a ingresar en Psiquiatría. Paula era profesora, voluntaria de la Cruz Roja y también tenía amigas y familia. Su familia autorizó publicar uno de sus relatos que salió publicado el pasado 5 de agosto de 2026 en El Diario Montañés.
Bea Payá-González es psiquiatra del Hospital Marqués de Valdecilla.
La perspectiva de género siempre.
El último relato de Paula es “Utopía de una loca”:
Utopía de una loca
En aquel hospital psiquiátrico no existían las plantas divididas por trastornos, sino por dones compartidos.
Había una planta donde ingresaban quienes podían recordar los sueños de otras personas; otra donde los integrantes escuchaban silencios; otra donde estaban los que veían la infancia escondida dentro de los ancianos.
Nadie llamaba a aquello trastorno; solo eran formas distintas de percibir el mundo. Bea era la única capaz de escuchar silencios entre sus colegas, y era su gran secreto. En cada consulta, cuando un paciente callaba, ella acercaba un pequeño frasco de cristal sin ellos percatarse. No atrapaba palabras; guardaba silencios.
Cada silencio desprendía un aroma distinto. Los había con olor a lluvia sobre cemento; otros olían a hierro oxidado; algunos, a pan recién hecho, y otros, a ropa recién limpia.
Nunca preguntaba qué significaban; simplemente los etiquetaba con la fecha.
Por la noche, cuando el hospital dormía, los frascos comenzaban a susurrar entre ellos: La niña nunca contó que dejó de dibujar porque nadie colgó su último dibujo.
El hombre no teme morir; teme que nadie note que ya no está.
La anciana no olvida; solo ha escondido los recuerdos donde ya no duelen.
La psiquiatra nunca utilizaba esa información en consulta.
Comprendía que el silencio no era la ausencia de palabras, sino el lugar donde habitaba la emoción verdadera, lo profundamente humano.
Bea llevaba treinta años recogiendo silencios cuando por la noche se colaba en el hospital. Treinta años sacrificando cada noche por ella, por su dolor y sus pacientes. Hasta que una noche, la luna dejó de susurrar y los frascos no estaban.
Solo quedó uno. Sin saber bien cómo había llegado hasta ahí, lo olió. Nunca había pensado que ella también iba dejando silencios en la consulta; nunca pensó que, como muchas, ella también fue una niña loca y rota.
Abrió el frasco. El suyo. Dentro escuchó una frase que jamás se permitió pronunciar: «Estoy cansada de entender a todo el mundo sin que nadie me entienda».
El silencio lo atrapó una paciente cuyo don era interpretar silencios: Paula, de la segunda planta. Eso la marcó, un regalo de esos que nunca olvidará. Bea lloró como nunca en años.
A la mañana siguiente, por primera vez en su vida, pidió cita con una psicóloga.
