Hubo un tiempo en que las poetas suicidas eran muchas. Demasiadas. Alfonsina Storni se lanzó al océano desde un espigón a unos quinientos metros. Sólo quedó un zapato. Y una carta de despedida: “me tiro al mar”.
Violeta Parra escribía a la vida “Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado el sonido y el abecedario. Con él las palabras que pienso y declaro…” y poco después se pegaba un tiro en la sien.
Virginia Woolf se lanzó al río Ouse con sus bolsillos lleno de piedras. Sólo apareció su bastón No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente. De su libro Las olas : Allí estaban las nubes grises y flotantes y el árbol clavado, el árbol implacable con su corteza de plata cincelada./ El borbollón de mi vida era infructuoso. Yo no podía pasar al otro lado.
Alejandra Pizarnik, poeta argentina, amiga de Cortázar y Borges con treinta y seis años moría de sobredosis de barbitúricos. Recuerdo mi niñez/ cuando yo era una anciana/ Las flores morían en mis manos/ porque la danza salvaje de la alegría/ les destruía el corazón./ Recuerdo las negras mañanas de sol/ cuando era niña/ es decir ayer
es decir hace siglos.
Marina Tsvetáieva, poeta rusa escribía: La vida que se ofrece a los conversos/-la del matarife a la oveja./El derecho al permiso de residencia/ lo desprecio, lo arrojo –lejos de mí/ sin piedad. Si es éste /un mundo cristiano,/ las poetas somos judías. Se ahorcó con la misma cuerda que uno de sus amores, poético, platónico y perenne le envolvió las maletas antes de su último viaje.
Anne Sexton, fue la primera mujer en ganar el premio Pulitzer de poesía. Escandalizaba porque escribía poemas que hablaban de la menstruación y la masturbación, del odio a los hijos y del amor por ellos, de la cárcel que puede llegar a ser una casa.
Y escribía: Muy serena en los cócteles / mientras que en mi cabeza / estoy experimentando una operación a corazón abierto.
Y sentía fascinación por Silvia Plath. Las dos fueran amigas y tomaban Martinis en el Ritz de Boston: Las dos se suicidaron. Anne Sexton se tomó dos vodkas y, con un tercero en la mano, se puso el abrigo de piel de su madre, se encerró en el garaje, encendió la radio y puso en marcha el motor del coche para emprender el que sería su último viaje. Sylvia Plath metió la cabeza en el horno y encendió el gas. Antes puso toallas en la puerta de la habitación de los niños y les dejó leche para el desayuno.
Sylvia Plath escribía sin descanso, divorciada, sola, con dos niños pequeños a su cargo. Poemas escritos a las 4 AM: esa hora azul todavía casi eterna, anterior al llanto del bebé, anterior a la vidriosa música del lechero que deja las botellas…Escribía de forma tenaz. Incansable. Su arte era no sucumbir. Su talento es inconmensurable. Desde las cenizas me /levanto/ Con mi cabello rojo/Y devoro hombres como el aire.
A Alfonsina Storni le prohibieron la entrada al café Tortoni de Buenos Aires. No dejaron entrar a ninguna mujer hasta 1930. A Alfonsina Storni porque además de mujer, era madre soltera. Ella escribía: Yo soy como la loba, canto sola y me río/ del rebaño. El sustento me lo gano y es mío./ Dondequiera que sea, que yo tengo una mano/ Que sabe trabajar y un cerebro que es sano./ El hijo y después yo, y después/ ¡Lo que sea!
Hubo un tiempo en que las recomendaciones que hacían a las mujeres que escribían poesía eran éstas: “No querrás de veras ser poeta. Primero, si eres mujer, tienes que ser tres veces mejor que cualquiera de los hombres. Segundo, tienes que acostarte con todo el mundo. Y tercero, tienes que haberte muerto”.
Hay días en que creo que el mundo es diferente. Días en que todo es naranja. Como un chorro de luz. Como el día 15 de diciembre que le han dado el premio Adonais de poesía a una gran poeta, una mujer joven, médica llamada Maria Paz Otero. Cuando todo el mundo habla de Salud Mental sin saber nada de Salud Mental ella habla de ·Los atormentados”. Es una médica residente de Psiquiatría del Hospital Clínico de Madrid, el mismo hospital donde me formé como psiquiatra.
Este es su poema “Una colchoneta en medio del océano”
Claro está que el negro
no es el único color de la locura. Al contrario.
La locura es elegante, cuando la luz la atraviesa,
como el mar, tan oscuro en el fondo, tan temido,
sus miles de colores surgen en la superficie.
Clara está su inteligencia. La locura es una estricta
Maestra de astrofísica. Incomprensible
casi para todos.
Nos aterra, claro está,
porque es un animal que nunca vimos
Y a quien le suponemos larguísimos colmillos,
terribles mordeduras venenosas. Clara está
también nuestra ignorancia. Lo poco que conocemos. Nos deslumbra
cada vez que se nos muestra. Es difícil, fatigosa, no se deja
acariciar tan fácilmente. Está claro que los sabios
miles de años trataron de explicarla,
y aun así nada sabemos. Está claro.
Claro está que sólo quien la lleva dentro
es capaz conocerla, ser su amigo.
El resto sólo caminamos en el borde.
Asomamos la mirada al precipicio.
Respiramos a veces de su aire.
Si hay algo que está claro, es que cuando una observa
la locura desde lejos, fascinada, la soberbia impide ver
que la frontera no existe
y una puede aparecer, sin percatarse,
en una colchoneta en medio del océano
ya para siempre lejos de la orilla.
Compremos el libro “Los atormentados” porque es un gran libro, de una gran poeta. Vivas. Las queremos vivas.
Artículo Equipo Género y salud



