Un día me paré a reflexionar sobre la atención que dispensamos a las mujeres que acceden a nuestros centros de salud.

La reflexión se acompañó de investigación. Y al revés. Libros, documentos, artículos, e incluso un trabajo final de posgrado, estructuraron una conclusión: parecía fundamental repensar la filosofía, el modus operandi de la medicina, para conseguir una atención más justa, de mayor calidad, dirigida a la población femenina.

Me sorprendió descubrir que la ciencia basaba sus conocimientos predominantemente en investigaciones realizadas en hombres, y trasladaba sus resultados automáticamente a ellas.

No parecía recalar en las diferencias biológicas, ni tampoco en sus experiencias vitales, condiciones de vida, o sus narraciones en el enfermar.

No apreciaba interés en reconocer el significado, en su vida, del rol que desempeñaban, a menudo, como cuidadoras en el seno de la familia.

En suma, la medicina convertía a las mujeres en un conjunto de datos (signos y/o síntomas), y, despolitizándolas del medio, como en una operación aritmética, todo su malestar se sintetizaba en un diagnóstico. Las emociones, a veces, se convertían en problemas de salud mental. O dejaban de “estar con ansiedad” para “ser unas ansiosas”
En este tránsito de conocimiento (o desconocimiento), establecíamos un tratamiento, casi siempre farmacológico, demasiado habitualmente basado en ansiolíticos y/o antidepresivos, siguiendo los dictámenes de la biomedicina.

Quizá restábamos importancia a la escucha, la comunicación, o a una buena relación clínica. Y podíamos olvidar plantear otras formas de hacer, como concederles la oportunidad de descubrir el papel de la pedagogía de las neurociencias en el dolor, o potenciar los recursos comunitarios.

Colaboración para el equipo Genero y Salud de la OSI EEC de Ana Dosío Revenga, Médica de Familia en el Centro de Salud Galdakao de la OSI Barrualde-Galdakao, Especialista Universitaria en Ética Sociosanitaria (UPV/EHU) y Comité de Ética Asistencial de Atención Primaria de Bizkaia